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jueves, 5 de junio de 2025

Corridas de toros; Mariano José de Larra, 1828


«Vous connaissez l’ horreur des spectacles affreux
Dont les romains faisaient le plus doux de leurs jeux.
Ce peuple qui donnait, par un mépris bizarre,
A tout peuple étranger le titre de barbare,
Ne repaissait ses yeux que des pleurs des mortels
Et de sang arrosait ses théâtres cruels,
Aux tigres, aux lions livrant des misérables
Il se divertissait de leurs cris lamentables;
Il exposait aux ours des esclaves tremblants
Pour en voir disperser tous les membres sanglants,
Le grave sénateur courait à ces supplices,
Et la jeune vestale en faisait ses délices.


(M. RACINE, FILS: Epître à madame la duchesse de Noailles sur l’âme des bêtes.)                


Ejercite sus fuerzas el mancebo
En frente de escuadrones: no en la frente
Del útil bruto l’asta del acebo.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Gineta y cañas son contagio moro;
Restitúyanse justas y torneos,
y hagan paces las capas con el toro.


(Quevedo. Epíst. satír. y censor.)                


Estas funciones deben su origen a los moros, y en particular, según dice don Nicolás Fernández de Moratín, a los de Toledo, Córdoba y Sevilla. Estos fueron los primeros que lidiaron toros en público. Los principales moros hacían ostentación de su valor y se ejercitaban en estas lides, mezclando su ferocidad natural con las ideas caballerescas, que comenzaban a inundar la Europa. El anhelo de distinguirse en bizarría delante de sus queridas, y de recibir su corazón en premio de su arrojo, les hizo, poner las corridas de toros al nivel de sus juegos de cañas y de sortijas.

Los españoles sucesores de Pelayo, vencedores de una gran parte de los reyezuelos moros que habían poseído media España, ya reconquistada, tomaron de sus conquistadores en un principio, compatriotas, amigos o parientes en seguida, enemigos casi siempre, y aliados muchas veces, estas fiestas, cuya atrocidad era entonces disculpable, pues que entretenía el valor ardiente de los guerreros en sus suspensiones de armas para la guerra, la emulación entre los nobles que se ocupaban en ellas, haciéndolos verdaderamente superiores a la plebe, y acostumbraba al que había de pelear a mirar con desprecio a un semejante suyo, cuando le era preciso combatir con él, si acababa de aterrar a una fiera más temible.

miércoles, 22 de diciembre de 2021

El trap, un narcótico más para los nihilistas de siempre; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«Como era de esperar el aumento de fenómenos como el pluriempleo, la precarización o el desempleo −y con estos, el de la alienación sobre el pueblo y especialmente entre la juventud− han facilitado que muchos individuos se identifiquen fácilmente con sentimientos de desesperanza sobre su situación personal. Una reacción no sorprendente han sido las clásicas actitudes que pueden ser calificadas como evasivas o individualistas, pesimistas o descorazonadoras. En este caso, dentro de la «música urbana», el trap lejos de ser una manifestación artística que cause la «revolucionarización» del oyente, parece haber venido para aplastar con su apatía toda perspectiva de futuro al grito de «¡Tonto el último!». En plena consecuencia con su extremo pragmatismo, se recomienda al sujeto que para sobrellevar el infausto viaje de la nada hacia la nada, lo mejor es dejarse llevar en una vorágine de excesos y confusión, un espectáculo tan dantesco como peligroso. En una de sus variantes, el trap triunfante lo único que ofrece es el canto del nuevo rico, aquel que presume de haber salido del pozo mientras se ríe de los que se quedaron a medio camino. Aquí mostraremos muy brevemente los conceptos y hábitos de amistad, sexo, amor o consumo, los cuales no son ni mucho menos originales, sino una especie de prestamismos culturales de todos los movimientos previos. Véase el capítulo: «¿Es el movimiento trap una innovación espiritual o estética?» de 2021.

¿Qué referencias tiene el trapero promedio y a qué aspira?

Para entender el pensamiento del trapero común, lo mejor será observar cuáles son sus iconos de referencia, y para ello no podemos sino recurrir a PXXR GVNG, la banda icónica que ha popularizado el género en España:

«Scarface, Carlito, Casino pirris / Moviendo nieve for real, perico pirris / Hablan de putas, de carros, en barrios pirris. (...) Crecí pobre like a Chapo, o-o-oh / Gané rango like a capo, o-o-oh / Tengo al pueblo como Pablo, o-o-oh (...) Solo quiero cosas que coloquen / Me suda la polla, voy a morir joven». (PXXR GVNG; La Familia, 2015)

¿A qué aspira entonces el «trapero vulgaris»? Pues, aunque no sea muy novedoso, a intentar emular las biografías de gánsteres, narcos y kinkis −reales o ficticios−, ¿la razón? En muchísimos casos pueden contener escenas muy similares a vivencias de los artistas. Esperan hacer carrera para intentar ser el próximo Pablo Escobar y engatusar al pueblo presentándose como el «nuevo salvador», ese noble hombre que «regalaba» al barrio un campo de fútbol a cambio de atracos, matones a sueldo, soplones y coches-bomba cada semana, a la par que arruinaba a toda una generación con la droga. Un trato justo, ¿no? Bien, ¿y qué ocurre si esto nunca llega a culminarse? Bueno, si las ambiciones del trapero no pueden ser completadas y no se convierte en el próximo capo, lo que quedará entonces, según sus palabras, es «vivir rápido y morir joven», a ser posible por sobredosis en un bar de estriptis. ¡Un final también muy inesperado!

sábado, 20 de noviembre de 2021

¿Es el movimiento trap una innovación espiritual o estética?; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«Pasemos a otro punto cardinal: ¿trae el advenimiento del trap algún tipo de innovación espiritual? A decir verdad, los analistas –provengan de donde provengan, sean estos profesionales o amateurs, estrictamente del mundo de la música o no–, nos han vuelto a decepcionar enormemente, ya que, salvo honrosas excepciones, han solido presentar el movimiento trap como una «renovación de los valores sociales», una «nueva rebeldía de los jóvenes de las clases más bajas» y todo tipo de epítetos que suenan muy sorprendentes. Pero las más de las veces esto solo ha sido un truco de ilusionismo de estos «opinólogos» para captar la atención de los oyentes o lectores. Podríamos citar infinidad de artículos, pero creemos que a estas alturas del documento el lector estará harto de tales pruebas.

En verdad esto es sumamente común dentro de la «industria filosófica», la cual, como retrataron Marx y Engels sobre los hegelianos y los «productos mercantiles» que lanzaban al «mercado», se ve obligada a realizar estos sobreesfuerzos teatrales para vender su producto:

«Cada uno se dedicaba afanosamente a explotar el negocio de la parcela que le había tocado en suerte. No podía: por menos de surgir la competencia. Al principio, ésta manteníase dentro de los límites de la buena administración burguesa. Más tarde, cuando ya el mercado alemán se hallaba abarrotado y la mercancía, a pesar de todos los esfuerzos, no encontraba salida en el mercado mundial, los negocios empezaron a echarse a perder a la manera alemana acostumbrada, mediante la producción fabril y adulterada, el empeoramiento de la calidad de los productos y la adulteración de la materia prima, la falsificación de los rótulos, las compras simuladas. los cheques girados en descubierto y un sistema de créditos carente de toda base real. Y la competencia se convirtió en una enconada lucha, que hoy se nos ensalza y presenta como un viraje de la historia universal, como el creador de los resultados y conquistas más formidables». (Karl Marx y Friedrich Engels; La ideología alemana, 1846)

O dicho de otro modo: todo producto necesita publicidad, pero uno malo o adulterado necesita el doble o más; y en este caso, lo que se quería decir es que dentro de la competencia filosófica y productos que son la copia de la copia, este «factor de impulso» es más que necesario, incluso aunque el público esté acostumbrado a él. Por eso hoy los filósofos o los publicistas musicales intentan vendernos que el trap tiene una inspiración y originalidad que no se le encuentra por ninguna parte.

¿Acaso no existía todo esto ya en «románticos», «decadentes» y «existencialistas»?

«Pregunta: ¿Es la música de una generación deprimida o al borde de la depresión todo el rato?

– Ernesto Castro:  Sí, pero no una depresión subjetiva, sino objetiva, no sólo psicológica sino también económica y social». (Diario de Sevilla; «El público es tan ignorante que no va más allá de la superficie provocadora del «trap», 17 de octubre de 2019)

jueves, 22 de julio de 2021

El romanticismo y su influencia mística e irracionalista en la «izquierda»; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

Somos conscientes que parte de esta exposición excede lo necesario para la refutación del mariateguismo, y aunque este apartado será de una considerable extensión, todo ello lo consideramos sumamente necesario para comprender por completo lo que vendrá a continuación en los apartados económico, artístico o histórico sobre un neorromántico empedernido como fue Mariátegui, funciones que serán abordadas en los siguientes capítulos. Apelamos, pues, a la paciencia del lector, aunque bien es cierto que podrá ir comprobando poco a poco la importante relación que hay entre este apartado y los siguientes. Estudiar la mitomanía, el irracionalismo o el misticismo de la «izquierda», se diga esta «política», «filosófica» o «cultural», tiene toda la actualidad. Véase por ejemplo nuestro análisis previo sobre el fenómeno del «posmodernismo», donde ya notamos que en su origen filosófico tomaron parte activa todas estas tendencias, por lo que consideramos este capítulo filosófico como un añadido al mismo. Véase el capítulo: «Instituciones, ciencia y posmodernismo» (2021).

¿Cómo computamos la historia de la filosofía?

«Los elementos intermedios y los charlatanes conciliadores, cualquiera que sea su rótulo, ya se trate de espiritualistas, de sensualistas, de realistas, etc., etc., en su camino caen bien en una o bien en otra corriente. Nosotros exigimos decisión, queremos claridad. (…) Toda la lucha contra Dühring la llevó a cabo Engels por entero bajo el lema de la aplicación consecuente del materialismo, acusando al materialista Dühring de enturbiar la esencia de la cuestión con palabras, de cultivar la verborrea, de usar unas formas de razonar que implican una concesión al idealismo, el paso a las posiciones del idealismo. O el materialismo consecuente hasta el fin, o las mentiras y la confusión del idealismo filosófico. (…) No se puede por menos de ver la lucha de los partidos en la filosofía, lucha que expresa, en última instancia, las tendencias y la ideología de las clases enemigas dentro de la sociedad contemporánea. La novísima filosofía está tan penetrada del espíritu de partido como la filosofía de hace dos mil años». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Materialismo y empiriocriticismo, 1908)

Como se podrá ir comprobando durante toda la exposición que veremos más adelante, las ideas de la Revolución Francesa (1789) fueron la piedra de toque entre los pensadores del siglo XIX, un cambio de paradigma que no dejaba indiferente a nadie, pues no hay término medio: o bien causaba una gran admiración o bien una enorme repulsa. Y bien, ¿cuál fue el cómputo general de este evento histórico para los revolucionarios del siglo XX? En Rusia los bolcheviques proclamaban que:

«La filosofía del marxismo es el materialismo. A lo largo de toda la historia moderna de Europa, y especialmente a fines del siglo XVIII, en Francia, donde se libró la batalla decisiva contra toda la morralla medieval, contra la servidumbre en las instituciones y en las ideas, el materialismo se acreditó como la única filosofía consecuente, fiel a todas las teorías de las ciencias naturales, hostil a la superstición, a la beatería, &c. Por eso los enemigos de la democracia intentaban con todas sus fuerzas «refutar», minar, calumniar el materialismo, y defendían diversas formas del idealismo filosófico, que conduce siempre, de un modo o de otro, a la defensa o al apoyo de la religión, etc». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo, 1913)

No pocas veces se han alzado interrogantes tipo: «¿Se puede afirmar que los marxistas son los legítimos sucesores de los racionalistas, los ilustrados o cualquier otro movimiento anterior que adujese la razón como su guía?». Otros se preguntarán lo mismo, pero sustituyendo la razón por la «observación». Centrándonos en estos últimos siglos de la Edad Moderna, es obvio que el materialismo histórico y dialéctico, las herramientas filosóficas del socialismo científico compilado por Marx y Engels, siempre han reconocido el trabajo que en su día hizo el racionalismo de Leibniz, Spinoza o Descartes, el empirismo de Bacon, Condillac, Locke o Hobbes, y por encima de todos ellos, destacando el legado de pensadores como Diderot, Helvétius o Holbach, autores tan profundamente materialistas como todavía metafísicos. 

Claro está que en su momento todos contribuyeron con su imprescindible labor en varios campos específicos –no solo en la filosofía sino también en las diversas ciencias– para rescatar o hacer avanzar el conocimiento humano científico. Plantaron cara al oscurantismo general de aquel entonces, pero en parte también contribuyeron a seguir manteniendo otros prejuicios que debían finalizar –unas veces influyó más la ignorancia generalizada en el ambiente de su tiempo y en otras fue decisivo el empecinamiento personal de los autores–. No por casualidad en la «La sagrada familia» (1845), el primer trabajo conjunto de Marx y Engels, ambos autores rinden homenaje a varias de estas figuras destacadas de los siglos XVII-XVIII sin que ello suponga dejar de mostrar sus limitaciones. También en la obra de Gueorgui Plejánov «La concepción monista de la historia» (1895) tenemos una magnífica investigación sobre esto exponiendo las descabelladas teorías que por aquel entonces permeaban entre los reformadores sociales y los pensadores bienintencionados. Aquí se daba un repaso nítido tanto a las ideas de los materialistas del siglo XVIII como a los socialistas utópicos del siglo XIX, que si bien no fueron las únicas tendencias, sí las más recordadas y transcendentes. Por último, podríamos citar la obra de M. Shirokov: «Libro de texto sobre filosofía marxista» (1937) o la del Prof. A. V. Scheglov y un grupo de catedráticos de la Academia de la Ciencias de la URSS: «Historia de la filosofía; De Sócrates a Scheler» (1942). En ambas encontraremos conclusiones similares. Para no extendernos con más referencias, resumiremos con un extracto de la fina pluma de Antonio Labriola la enorme línea de diferenciación que siempre ha existido entre estos autores y los padrinos del socialismo científico. De esta forma captaremos cuán incompatibles son ambas visiones en infinitas cuestiones de enjundia –los corchetes son nuestros–:

«Otra cosa se necesitaba para penetrar las razones efectivas de la relatividad del progreso. Se necesitaba ante todo renunciar a aquellos prejuicios implícitos en la creencia de que los obstáculos a la uniformidad del devenir humano descansan exclusivamente sobre causas naturales e inmediatas [geografía]. (…) Los consecutivos impedimentos a la uniformidad del progreso han de buscarse en las condiciones propias e intrínsecas de la misma estructura social. (…) Es siempre, por diferentes que sean sus formas y modos, la oposición de la ciudad y del campo, del artesano y del campesino del proletario y del patrono, del capitalista y del trabajador, y así hasta lo infinito, y va siempre a parar en una jerarquía, tanto si es el privilegio fijo de la Edad Media, como si con las distintas formas del derecho presunto igual para todos se revela en la acción automática de la competencia económica. (…) A esta jerarquía económica corresponde de modo vario un los diferentes países, tiempos y lugares, una: estoy por decir, jerarquía de los ánimos, de los intelectos, de los espíritus. Esto equivale a decir que la cultura, en la cual precisamente los Idealistas sitúan la suma del progreso, estuvo y está por necesidad de hecho bastante desigualmente distribuida. La mayor parte de los hombres, por la cualidad de sus ocupaciones, son así como individuos desintegrados, incapaces de un desarrollo completo y normal. A la económica de las clases y a la jerarquía de las situaciones, corresponde la psicología de las clases. La relatividad del progreso es, pues, para nosotros, la consecuencia inevitable de las antítesis de clase. (...) El progreso fue y es aún parcial y unilateral. Las minorías que salen beneficiadas sostienen que esto es el progreso humano, y los soberbiosos evolucionistas llaman a esto naturaleza humana que se desarrolla. Todo este progreso parcial, que basta el presente se ha desarrollado en la presión de hombres sobre los hombres, tiene su fundamento en las condiciones de oposición por la cual las antítesis económicas han engendrado todas las antítesis sociales, y de la relativa libertad de algunos ha nacido la servidumbre de muchísimos, y el derecho ha sido protector de la injusticia». (Antonio Labriola; Del materialismo histórico, 1896) 

viernes, 27 de marzo de 2020

La literatura que necesita el pueblo...


«Si nuestra antigua literatura fue en nuestro Siglo de Oro más brillante que sólida, si murió después a manos de la intolerancia religiosa y de la tiranía política, si no pudo renacer sino en andadores franceses, y si se vio atajado por las desgracias de la patria ese mismo impulso extraño, esperemos que dentro de poco podamos echar los cimientos de una literatura nueva, expresión de la sociedad nueva que componemos. (...) He aquí la divisa de la época, he aquí la nuestra, he aquí la medida con que mediremos; en nuestros juicios críticos preguntaremos a un libro: «¿Nos enseñas algo? ¿Nos eres la expresión del progreso humano? ¿Nos eres útil? Pues eres bueno». No reconocemos magisterio literario en ningún país; menos en ningún hombre, menos en ninguna época, porque el gusto es relativo; no reconocemos una escuela exclusivamente buena, porque no hay ninguna absolutamente mala. Ni se crea que asignamos al que quiera seguirnos una tarea más fácil, no. Le instamos al estudio, al conocimiento del hombre; no le bastará como al clásico abrir a Horacio y a Boileau y despreciar a Lope o a Shakespeare; no le será suficiente, como al romántico, colocarse en las banderas de Víctor Hugo y encerrar las reglas con Molière y con Moratín; no, porque en nuestra librería campeará el Ariosto al lado de Virgilio, Racine al lado de Calderón, Molière al lado de Lope; a la par, en una palabra, Shakespeare, Schiller, Goethe, Byron, Víctor Hugo y Corneille, Voltaire, Chateaubriand y Lamartine. (...) Rehusamos, pues, lo que se llama en el día literatura entre nosotros; no queremos esa literatura reducida a las galas del decir, al son de la rima, a entonar sonetos y odas a las circunstancias, que concede todo a la expresión y nada a la idea, sino una literatura hija de la experiencia y de la historia, y faro por tanto del porvenir, estudiosa, analizadora, filosófica, profunda, pensándolo todo, diciéndolo todo en prosa, en verso, al alcance de la multitud ignorante aún, apostólica y de propaganda, enseñando verdades a aquellos a quienes interesa saberlas, mostrando al hombre, no como debe ser, sino como es, para conocerle; literatura en fin, expresión toda de la ciencia de la época, del progreso intelectual del siglo». (Mariano José de Larra; Literatura. Rápida ojeada sobre la historia e índole de la nuestra. Su estado actual. Su porvenir. Profesión de fe, 18 de enero de 1836)

Anotaciones de Bitácora (M-L):

Pese a las limitaciones del liberalismo-romántico de Larra, esta es una visión progresista y dialéctica sobre la cultura en un hombre de la España de principios del siglo XIX. Esto tampoco quita que ni él ni autores anteriores como Quevedo, Calderón de la Barca, Lope de Vega fuesen profundos creyentes, y dedicasen varias críticas hacia el ateísmo que carecen de toda validez. Pero centrarse en este aspecto sería metafísico y hasta anacrónico, hay que destacar lo positivo y desechar lo negativo. Enver Hoxha hizo un análisis muy lúcido en esta cuestión:


«Hay que situar correctamente a nuestros renacentistas en la época en que vivieron, trabajaron y lucharon, poner de manifiesto sus ideas como producto del desarrollo de la sociedad de aquella época, poner de manifiesto sus objetivos inmediatos y futuros. Si las cosas se plantean así, correctamente, resultará que estas figuras de nuestro Renacimiento eran destacadas personas de ideas progresistas, iluministas revolucionarios, valientes y animados de un amor grande y ardiente por su patria. Lucharon con el fusil y la pluma por la libertad y la independencia del pueblo, por su despertar. Todos éstos son sus aspectos positivos, que son grandes. Todas estas virtudes y características de la época del Renacimiento y de los renacentistas debemos darlas a conocer al pueblo. 

Pero, no debemos olvidar en ningún momento que estos mismos animadores de nuestro Renacimiento tienen sus aspectos negativos que deben ser sometidos a nuestra crítica marxista-leninista. Estas debilidades consisten en sus concepciones filosóficas, que son idealistas. Se trata de un pesado bagaje, de la filosofía de su época, que está en contradicción y en lucha con nuestra ideología.

¿Podemos acaso callar este antagonismo, esta lucha implacable, a muerte, que los marxista-leninistas libramos contra la filosofía idealista, contra la religión y las creencias religiosas? ¿Podemos acaso considerarles intocables, tabús, únicamente porque son renacentistas? ¿Podemos, por una parte, combatir resueltamente la teología, la religión, las iglesias y las mezquitas, los curas y los almuecines y, por la otra, exaltar aquellas partes de la obra de Naim en las que expresa su filosofía bektachiana, o de Mjeda donde trata de la teología cristiana, o de Cajupi donde el autor dice, por ejemplo, que Papa Tomori era el «trono de Dios», etc., y ofrecer todo esto al pueblo como alimento ideológico sólo porque aquéllos son renacentistas, grandes hombres que han sentado las bases del desarrollo de nuestra lengua y han contribuido a su formación, porque sus poesías son hermosas y porque han creado bellas imágenes?

No, como marxistas que somos y en interés del pueblo y del socialismo, debemos combatir estos aspectos negativos. En materia de ideología, podemos hacer concesiones a la poesía o a la lengua La apreciación que Engels hizo de la lengua de Lutero, como base de la lengua literaria alemana, en absoluto impidió evaluar a la luz de la verdad y desenmascarar el papel reaccionario de la Reforma antes y después del levantamiento campesino en Alemania». (Enver Hoxha; Sobre la revolucionarización en la escuela; Discurso pronunciado en la reunión del Buró Político del CC del PTA, 7 de marzo de 1968)

Queda aclarado por tanto, que como comentó Lenin:

«La cultura proletaria no surge de fuente desconocida, no brota del cerebro de los que se llaman especialistas en la materia. Sería absurdo creerlo así. (…) El marxismo adquirió importancia histórica como ideología del proletariado revolucionario debido a que, lejos de desechar las más valiosas conquistas de la época burguesa, aprendió y reelaboró por el contrario, todo lo que había de precioso en el desarrollo más de dos veces milenario del pensamiento y la cultura humanos. Sólo la labor efectuada sobre esta base y en este sentido, animada por la experiencia de la dictadura del proletariado, que es la etapa última de su lucha contra toda explotación, puede ser considerada como el desarrollo de una cultura verdaderamente proletaria». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Las tareas de las ligas juveniles, 1920)

martes, 30 de julio de 2019

Larra sobre la sátira y la crítica


«Créese vulgarmente que sólo un principio de envidia, y la impotencia de crear, o un germen de mal humor y de misantropía, hijo de circunstancias personales o de un defecto de organización, pueden prestar a un escritor aquella acrimonia y picante mordacidad que suelen ser el distintivo de los escritos satíricos. (...) La otra consideración que nos queda que hacer es en verdad más personal a los escritores satíricos, pero una vez meditada no es por eso menos triste. Supone el lector, en quien acaba un párrafo mordaz de provocar la risa, que el escritor satírico es un ser consagrado por la Naturaleza a la alegría, y que su corazón es un foco inextinguible de esa misma jovialidad que a manos llenas prodiga a sus lectores. Desgraciadamente, y es lo que éstos no saben siempre, no es así. El escritor satírico es por lo común, como la luna, un cuerpo opaco destinado a dar luz, y es acaso el único de quien con razón se puede decir que da lo que no tiene. Ese mismo don de la naturaleza de ver las cosas tales cuales son, y de notar antes en ellas el lado feo que el hermoso, suele ser su tormento. (...) Nuestros lectores perdonarán fácilmente este atrevimiento, si antes de concluir este artículo les confesamos que sólo ha podido dar lugar a él una inculpación que nos ha sido hecha recientemente: hay quien supone que sólo una «pasión dominante» de criticar guía nuestra pluma. (...) Somos satíricos porque queremos criticar abusos, porque quisiéramos contribuir con nuestras débiles fuerzas a la perfección posible de la sociedad a que tenemos la honra de pertenecer. Pero deslindando siempre lo lícito de lo que nos es vedado, y estudiando sin cesar las costumbres de nuestra época, no escribimos sin plan; no abrigamos una pasión dominante de criticarlo todo con razón o sin ella; somos sumamente celosos de la opinión buena o mala que puedan formar nuestros conciudadanos de nuestro carácter; y en medio de los disgustos a que nos condena la dura obligación que nos hemos impuesto, cuyos peligros arrostramos sin restricción, el mayor pesar que podemos sentir es el de haber de lastimar a nadie con nuestras críticas y sátiras; ni buscamos ni evitamos la polémica; pero siempre evitaremos cuidadosamente, como hasta aquí lo hicimos, toda cuestión personal, toda alusión impropia del decoro del escritor público y del respeto debido a los demás hombres, toda invasión en la vida privada, todo cuanto no tenga relación con el interés general. Júzguennos ahora nuestros lectores, y zumben en buena hora en derredor nuestro los tiros emponzoñados de los que son en realidad más malignos que nosotros». (Mariano José de Larra; De la sátira y de los satíricos, 2 de marzo de 1836)

viernes, 26 de julio de 2019

Espronceda, su tiempo, su vida, y su obra; F. Gavinet, 1950


«Cuando a los 33 años, en 1842, murió José de Espronceda, había jugado un papel histórico de significación tan acusada que, a pesar de su temprana muerte, y de la obra que de su singular genio cabía esperar, sería inadecuado calificar tan poderoso cerebro y tan noble corazón como malogrados.

La velocidad y la eficacia de su trabajo con «la pluma, la lengua y la espada» fue tal que su relativamente fugaz vida dejó, más que una estela de luz brillante, un surco profundo en la costra que cubría la sociedad española de su tiempo y que aún hoy estamos arrancando; y tan circunstancialmente certeros y tan agudamente inteligentes fueron sus golpes que suenan todavía con la misma arrebatada furia española con que fueron lanzados.